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El Valle del Río Manso, ubicado estratégicamente a mitad de camino entre las ciudades rionegrinas de San Carlos de Bariloche y El Bolsón sobre la mítica Ruta Nacional 40, sumó a su imponente paisaje cordillerano una propuesta que entrelaza la hospitalidad con la soberanía alimentaria. Allí, unas diez familias se organizaron bajo el nombre de Grupo de Agroturismo del Manso para conformar un sendero productivo que conecta cabañas, huertas, corrales y talleres artesanales. La iniciativa, que nació hace unos cuatro años y hoy se consolida como modelo regional, busca que el flujo turístico que visita la Patagonia no se limite a consumir servicios de alojamiento, sino que se involucre activamente con quienes cultivan la tierra y elaboran alimentos sanos en la región.

De acuerdo a la información originalmente relevada y publicada por el portal Bichos de Campo, la dinámica del circuito es tan sencilla como efectiva: dejar de funcionar como emprendimientos aislados para pasar a recomendarse mutuamente.

El objetivo de que el visitante no se quede en una sola tranquera

La conformación de este entramado asociativo tuvo su impulso inicial a partir de una propuesta de vinculación del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), enmarcada en el programa Cambio Rural. El desafío principal era evaluar el impacto de los visitantes en el valle y diseñar estrategias de cooperación que permitieran distribuir los beneficios económicos. «Somos un grupo de distintos prestadores y productores locales, cada uno con su emprendimiento. Nos organizamos a partir de una propuesta del INTA para trabajar el tema del turismo, buscar soluciones y formas de asociación entre nosotros», detalló Daniel Verniers, uno de los integrantes del circuito.

Bajo esta lógica colaborativa, quien administra una cabaña, un hostel o un espacio de acampe no se limita a ofrecer un lugar para dormir. El hospedaje se convierte en el punto de partida para derivar a los turistas hacia las chacras vecinas. Así, luego de una jornada de senderismo o kayak en el curso fluvial, los visitantes son invitados a conocer a los productores que elaboran dulces, fabrican quesos, extraen miel o cultivan vegetales frescos, generando un círculo virtuoso de comercio directo.

De la huerta agroecológica a los telares con tintes naturales

Uno de los pilares productivos de esta red es HUERMA, la Huerta Madre Agroecológica de El Manso, un proyecto impulsado por Verniers junto a sus compañeras. Allí se produce a escala una gran cantidad de hortalizas que no solo abastecen al turismo local, sino que se envían semanalmente a los mercados de Bariloche y El Bolsón, además de comercializarse en la histórica Feria Franca de esta última localidad.

Esta huerta se caracteriza por el cuidado intensivo del suelo y la ausencia total de productos de síntesis química. La fertilización se realiza mediante el aprovechamiento de los recursos del propio entorno, abonando la tierra con la bosta proveniente de los corrales de ovejas cercanos. Esta metodología de trabajo inserta al proyecto dentro de la Red de Productores Agroecológicos de la Comarca Andina (REPACA), un sello de garantía para quienes buscan alimentos libres de agrotóxicos.

La oferta del circuito no se agota en la producción frutihortícola. El trabajo manual y artesanal ocupa un rol central en la propuesta del valle. Los turistas pueden adquirir tejidos de lana de oveja teñidos exclusivamente con tintes naturales, elaborados por la artesana Elvia Albornoz, o piezas de carpintería fabricadas con maderas nativas y adaptadas a la zona, como el coihue, el ciprés y el oregón. Verniers, además de su trabajo en la huerta, modela a mano arcilla local para crear piezas de cerámica utilizando técnicas ancestrales y cocción en horno a leña. A esto se le suma la producción de cerveza artesanal elaborada con agua de vertiente y las tradicionales mermeladas hechas con fruta orgánica del valle.

Un modelo para fortalecer el arraigo en la Patagonia

Para el ecosistema de la agroecología argentina, la experiencia del Grupo de Agroturismo del Manso representa un antecedente fundamental sobre cómo la economía social puede aliarse con la actividad turística. Históricamente, las zonas de alta demanda paisajística tienden a desplazar a la agricultura familiar por la especulación inmobiliaria o la concentración de servicios. Al tejer una red donde el turismo derrama hacia el sector primario, estas familias demuestran que es posible generar arraigo, sostener la biodiversidad de la cordillera y ofrecer una experiencia genuina basada en el respeto por el territorio y sus ciclos naturales.

Quienes tengan previsto viajar por la Ruta Nacional 40, entre Bariloche y El Bolsón, pueden desviar su recorrido hacia el Valle del Río Manso para conocer de primera mano esta propuesta. Al alojarse en los dormis, campings o cabañas del lugar, es recomendable consultar a los anfitriones por el mapa de productores locales para iniciar el recorrido por las chacras, adquirir alimentos frescos y apoyar la economía comunitaria de la Patagonia.

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Foto: bichosdecampo.com

Fuente: bichosdecampo.com