Una mirada profunda a la tierra
Hola, huerteras y huerteros. A veces pensamos que la agroecología es solamente saber cuándo sembrar, cómo rotar los cultivos o de qué manera armar un buen compost. Pero hay una capa mucho más profunda que tiene que ver con cómo habitamos el mundo y cómo nos relacionamos con todo lo que está vivo. Hoy quiero compartirles unas reflexiones hermosas que nacen del pensador quilombola brasileño Antônio Bispo dos Santos, conocido cariñosamente como Nêgo Bispo, a partir de su libro ‘La tierra da, la tierra quiere’. Leer su obra es como sentir el olor a tierra mojada después de una sequía larga. Nos invita a repensar nuestra relación con el entorno, a descolonizar nuestra mirada y a buscar lo que él llama la ‘confluencia’, un concepto vital para entender el trabajo en nuestros territorios y el respeto por la biodiversidad.
Aprender a escuchar los mensajes del monte
Nêgo Bispo cuenta cómo, desde su infancia, sus ancestros le enseñaron a escuchar los cantos de los pájaros para saber cómo iba a estar el clima. ‘Los pájaros nos avisaban si iba a llover, si iba a salir el sol o si iba a estar nublado’, nos dice en su relato. En nuestras prácticas agrícolas modernas e incluso en las huertas urbanas, muchas veces perdimos esa conexión íntima con las señales del ambiente. Estamos pendientes de las aplicaciones del celular para ver si hiela en pleno julio o si llueve en octubre, cuando la naturaleza misma ya nos está hablando a los gritos. Observar el vuelo bajo de las golondrinas, escuchar el canto inquieto de los horneros, o ver cómo las hormigas negras levantan la tierra de sus hormigueros antes de las tormentas fuertes de verano en nuestra región pampeana, son saberes ancestrales que necesitamos recuperar con urgencia. La huerta no es un cajón de madera aislado en el patio; es parte de un ecosistema inmenso y vivo que constantemente nos envía mensajes sobre su estado y sus necesidades.
La bioconstrucción y el respeto por el clima local
Otro recuerdo valioso que nos trae Bispo es el de la arquitectura tradicional de sus mayores, con casas levantadas a base de adobe, barro y paja. Relata cómo cada espacio estaba diseñado con materiales locales para responder de forma natural al clima y a las tareas del día: el adobe crudo para mantener frescas las habitaciones en las noches de verano, y el barro con paja para la cocina por sus enormes propiedades térmicas. ¿Cuántas veces en nuestros proyectos de huerta intentamos imponer estructuras artificiales de nylon grueso o chapa que terminan cocinando nuestros almácigos en enero o congelándolos en pleno agosto? Integrar la bioconstrucción y utilizar los recursos que nos ofrece nuestro propio territorio, como cañas, barro, ramas secas o fardos de paja, para armar composteras, cercos vivos o pequeños invernaderos, es una manera de respetar los ciclos térmicos y hacer que nuestras herramientas ‘confluyan’ pacíficamente con el entorno sin forzar a la naturaleza.
Descolonizar la palabra en nuestra huerta
Este es quizás uno de los aportes más revolucionarios del pensamiento de Nêgo Bispo. Él nos advierte que domesticar y colonizar son procesos casi idénticos: ambos buscan sacar al otro de su territorio, quebrar su identidad, alejarlo de sus raíces y cambiarle el nombre original. Para resistir este borramiento, él propone una ‘guerra de las denominaciones’. En lugar de usar términos impuestos por el mercado como ‘desarrollo sustentable’, él propone hablar de ‘biointeracción’. En vez de hablar de una simple ‘coincidencia’, elige la palabra ‘confluencia’. En el trabajo diario de la tierra, las palabras que usamos también construyen nuestra realidad. Cuando dejamos de decir la palabra ‘malezas’ y empezamos a llamarlas ‘buenezas’ o ‘plantas indicadoras’, estamos transformando activamente nuestra forma de mirar y entender la huerta. Cuando en vez de ‘explotar un lote’ hablamos de ‘criar el suelo’, de ‘multiplicar la vida’ o de ‘cuidar la casa común’, estamos descolonizando nuestro lenguaje y, por ende, sanando nuestras prácticas.
La confluencia como motor de la vida en comunidad
De todas las ‘semillas de palabras’ que sembró Nêgo Bispo a lo largo de su vida, él asegura que la que mejor germinó, con más fuerza y vigor, fue ‘confluencia’. Nos deja una enseñanza brillante para reflexionar: ‘Un río no deja de ser río porque converge con otro río, al contrario, se vuelve él y los otros ríos al mismo tiempo, se fortalece’. ¡Qué metáfora tan poderosa, gráfica y acertada para entender la verdadera esencia de la biodiversidad! En nuestros canteros, cuando hacemos asociaciones de cultivos y sembramos juntos el maíz, el poroto y el zapallo (la clásica asociación de la milpa), ninguna planta pierde su identidad; al contrario, confluyen de maravilla. El maíz sirve de tutor, el poroto fija nitrógeno en el suelo y el zapallo cubre la tierra para retener la humedad: todas se brindan apoyo y prosperan en conjunto. Lo mismo ocurre con nuestras redes sociales, los encuentros de agricultura familiar y las ferias de intercambio de semillas a lo largo del país. Cuando nos juntamos a compartir saberes, semillas y mates, no dejamos de ser nosotros mismos, sino que nos transformamos en un ‘nosotros’ mucho más grande, resiliente y expansivo. La confluencia es la energía vital que nos mueve hacia el respeto mutuo, el reconocimiento del otro y el cuidado colectivo. Los invito a leer los textos de este gran maestro y a seguir sembrando estas ideas revolucionarias en cada rincón de nuestros territorios, transformando nuestras mentes en verdaderos y frondosos jardines comunitarios.


Fuente: agenciatierraviva.com.ar
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