Llega noviembre y, en nuestras latitudes rioplatenses, la huerta estalla. Es el mes en el que los tomates empiezan a tomar fuerza, los zapallos estiran sus guías y la biodiversidad se muestra en su máximo esplendor. Pero, lamentablemente, esta misma época de primavera y calor marca también el inicio de las aplicaciones masivas de agrotóxicos en el modelo agroindustrial predominante en Argentina. En este contexto, la organización comunitaria se vuelve fundamental. Por eso, celebramos que del 13 al 15 de noviembre, Mar Chiquita será la sede del 16° Encuentro de Pueblos Fumigados de Buenos Aires, un espacio vital para repensar cómo producimos nuestros alimentos y cómo defendemos nuestros territorios.
La primavera, la vida y el contraste del modelo agroindustrial
Para quienes metemos las manos en la tierra, la primavera es sinónimo de vida. Noviembre nos invita a trasplantar, a cubrir los suelos con mantillo para retener la humedad frente a los primeros calores fuertes y a observar cómo las flores atraen a los polinizadores. Sin embargo, más allá de los cercos de nuestras huertas agroecológicas, el paisaje bonaerense sufre otra realidad. En esta época, las maquinarias mosquitos recorren los campos aplicando herbicidas, fungicidas e insecticidas de síntesis química para sostener los monocultivos de verano. Esta práctica no solo empobrece la fertilidad natural de la tierra y contamina las napas de agua, sino que afecta directamente la salud de las poblaciones que viven en las zonas periurbanas y rurales. El viento no sabe de fronteras invisibles, y las derivas de estos venenos llegan a las escuelas rurales, a las plazas y a los hogares.
De qué hablamos cuando decimos pueblos fumigados
El término hace referencia a todas aquellas localidades y comunidades que se encuentran rodeadas por el avance de la frontera agropecuaria basada en el paquete tecnológico de semillas transgénicas y agrotóxicos. Las asambleas socioambientales vienen denunciando desde hace más de dos décadas el aumento exponencial de enfermedades respiratorias, afecciones en la piel, problemas endocrinos y tasas alarmantes de cáncer en estos territorios. No es un mito, es una realidad documentada por campamentos sanitarios y redes de médicos de pueblos fumigados. Cuando hablamos de impacto territorial y sanitario, estamos hablando de vecinos y vecinas que ven vulnerado su derecho más básico: el de vivir en un ambiente sano. Frente a este panorama desolador, el encuentro en Mar Chiquita se levanta como un faro de resistencia y propuesta comunitaria.
El encuentro en Mar Chiquita: tejiendo redes para sanar la tierra
Organizado por diversas asambleas socioambientales de la provincia de Buenos Aires, este 16° Encuentro no es solo un espacio de denuncia, sino también de profunda construcción. Durante los días 13, 14 y 15 de noviembre, comunidades de distintos puntos del territorio bonaerense se congregarán para intercambiar saberes, compartir sus realidades locales y, sobre todo, delinear estrategias conjuntas. El objetivo es claro: analizar las consecuencias del modelo agroindustrial actual y trabajar para fortalecer las alternativas de producción agroecológica en la región. Se abordarán temáticas como la defensa del agua, la soberanía alimentaria, la necesidad de ordenanzas que alejen las fumigaciones de los cascos urbanos y el fomento de políticas públicas que protejan a los territorios.
La agroecología como respuesta urgente y necesaria
Desde nuestro rol como huerteros y educadores, sabemos que la queja sin propuesta se queda a mitad de camino. La agroecología es la respuesta material, tangible y urgente a este modelo de muerte. Producir alimentos sanos, a escala local, respetando los ciclos de la naturaleza y fomentando la biodiversidad es completamente posible y económicamente viable. En nuestras huertas, aplicamos principios que pueden y deben escalar a nivel extensivo. Cuando usamos purines de ortiga o preparados de paraíso en lugar de insecticidas químicos, cuando asociamos cultivos para confundir a las plagas, y cuando rotamos las siembras para nutrir el suelo, estamos demostrando que hay otro camino. Fortalecer estas alternativas de producción agroecológica en la región implica apoyar a los productores familiares, crear mercados locales de cercanía y exigir al Estado que acompañe esta transición con acceso a la tierra y créditos accesibles para quienes deciden producir sin venenos.
Prácticas cotidianas para acompañar la lucha
Quizás te preguntes qué podés hacer vos desde tu lugar si no vivís en un pueblo fumigado. La respuesta está en tus decisiones diarias. Primero, informándote y difundiendo estos espacios; leer y compartir lo que sucede en el 16° Encuentro de Pueblos Fumigados ayuda a romper el cerco mediático que suele ocultar estas problemáticas. Segundo, eligiendo dónde poner tu dinero: comprar bolsones de verduras agroecológicas a cooperativas y productores locales es un acto político que desfinancia al modelo agrotóxico y sostiene la soberanía alimentaria. Y por último, armando tu propia huerta, por más pequeña que sea. Sembrar una semilla, cuidarla y cosechar tu propio alimento es la forma más hermosa de entender el valor de una tierra sana. Para cerrar, nos sumamos a la pregunta que impulsa este encuentro y te invitamos a reflexionar: ¿Qué políticas públicas consideran prioritarias para proteger a los territorios del impacto de las fumigaciones? El debate está abierto y la tierra nos necesita organizados y en acción.
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